17 Comimos majar blanco arequipeño hasta reventar
Escrito
por Berthing León Villanueva, Lechería, Venezuela, 10 Agosto de 2018
De mi casa, en el Barrio La Antiquilla de mis
amores, salía a la calle toooooodos los días de mi corta existencia para con
mis 2 compañeros de “mataperrear”, vivir las aventuras que vive todo muchacho
de La Antiquilla, que “no las piensa” para inventar algo, bien sea
interactuando con los otros chicos del barrio, con sus ocurrencias, inventos,
atrevimientos, cuentos, verdades, mentiras, fantasías, etc. Pero nosotros tres,
con César Loayza Bellido (Vayavaya) y Gustavo Araujo Alcázar, (que bautizaron
como El Chuño cuando me fui a la FAP). Éramos más amigos entre nosotros que con
los demás,
Para mi
“equipo de alto desempeño” (los tres), los días especiales eran los sábados y
los domingos, que eran cuando ejecutábamos la planificación de nuestros
“viajes” bicicleteando a lugares que ni siquiera sabíamos que se podía llegar
rodando en nuestras poderosas Panther de paseo con rin 26.
Tenía yo 12 años cuando se nos ocurrió la idea
de realizar el paseo-excursión del domingo que voy a narrar, lo planificamos
desde el día viernes cuando a las 9 de la noche, ya al momento de despedirnos
para “meternos en el sobre” (entre las sábanas para dormir) teníamos hacer una
exploración a Pampa de Camarones, para ver si de verdad había algún crustáceo
decápodo con vida que hubiera motivado a que esa zona se llamara así como se
llama.
El domingo, con el cantar de gallos (a las 5 de
la mañana) un silbido fuerte y claro y una voz casi ronca (de Gustavo, el preadolescente de 13 años, el amigo mayor de
la pandilla y que estaba en el “cambio de voz”) llamando BEEEEERT se hizo escuchar
en la puerta de calle de mi casa, y antes del segundo silbido, ya Bert había
sacado la poderosa “devoradora de kilómetros” de dos ruedas y estaba trancando
la puerta.
Se miraron, se saludaron con una sonrisa (era
más que suficiente), montaron en “las bichas” y salieron a recorrer mundo;
llevaba cada uno su botellita de agua, unos realitos para comprar algo para
matar el hambre mientras regresábamos a almorzar en nuestras casas y llevábamos
también un morralito para traer los camarones, que si existieran, con toda seguridad
nosotros los atraparíamos.
Cuando el sol empezaba a asomarse y a entibiar
el ambiente, nosotros ya corríamos raudos y veloces por la calle Arenales (Av.
Zumácola) bajamos por Chullo y cuando esta calle se terminó, pedaleamos por
unas rutas de tierra y arena roja que no permitía vislumbrar dónde terminaría.
A esa hora no se veía en la carretera a ningún ser viviente y con el sol a
nuestras espaldas (íbamos al Oeste), podíamos apreciar nuestras largas siluetas
asidas al timón de la bicicleta.
Y así le dimos pedal para trepar un tramo de empinada
carretera de tierra y al llegar a la parte más alta hicimos una pausa para
recuperar el aliento, atisbar el horizonte y explorar visualmente la ruta que
deberíamos tomar. Reunidos los tres en “consejo de guerra” decidimos entonces
atacar la siguiente bajada como de 200 metros de esa carretera, con fuerza, con
determinación y pedalear duro, no importaba si era o no esa bajada muy empinada,
y tratando de llegar cuanto antes al final de esa vía que se divisaba a una distancia
no menor de 10 km.
Se dio la partida, y BAJARON. bajaron y
bajaron, a una velocidad que creo que rompieron la barrera del sonido, porque
un estruendo fue lo que escuchó Berthing cuando en plena bajada la rueda
delantera de su corcel metálico se hundió en la vía arenosa de la carretera, se
torció en 180°, y aunque no lo crean, él no salió disparado “como corcho de
limonada”, Noooo, la rueda y el volante (manubrio o timón) cuando giraron violentamente
hacia atrás, el timón atrapó el muslo de su jinete y lo apretó contra el tubo
central;, para entonces terminar ambos derribados en el suelo.
Berthing tenía con la cara enterrada en la
arena (tal vez fuera mejor decir enterrada en la tierra), la naríz, boca y ojos
completamente cubiertos por rsa arena rojiza y con sus brazos y manos estiradas
cual si fuera un “sapo pisao por camión”, trató de levantarse pero eso era
imposible porque la bici se lo impedía. Y por más que esforzaba no podía ni
siquiera dar un grito a sus compañeros. Vayavaya y el Chuño cuando pudieron
detenerse voltearon la cabeza para buscarlo y percatarse de que a 300 metros
había quedado semisepultado nuestro héroe, yo, Berthing.
Soltaron sus caballos, perdón, sus corceles de
acero y bajaron corriendo a socorrer a su amiguito Berthing que estaba
atravesado en la vía y con peligro de ser atropellado por el siguiente
automotor que por allí pasara, pero dado que era domingo a las 6:30 am. Día y
hora del accidente, pues no venía ningún carro y como pudieron, entre los 3 lograron
dar espacio a la pierna para que se librara de su prisión.
Ya una vez de pie, Berthing comprobó que no
tenía ningún corte ni herida herida sangrante; solamente tenía fuerte dolor y una hendidura transversal en el músculo (causada
por el timón y que le dejó una marca perenne hasta su muerte será) causados
ambos por el apretón del timón contra el tubo central. Levantó la bicicleta, la
examinó y comprobó que no tenía absolutamente ningún daño. Llevaron la
bicicleta rodando hasta donde estaban las que habían dejado intempestivamente,
tomaron agua, volvieron a examinar la ruta, montaron y siguieron el viaje.
Como a las 7:30 llegamos hasta donde consideramos
que había que llegar. Era un pueblo en el medio de un desierto, donde lo que
menos había era vegetación, tampoco gente en la calle. Sin saber a dónde ir, esperamos
hasta que pasara alguien para preguntar y cuando así fue, entablamos conversación
con un joven que venía caminandito por esa calle, curioseamos sobre los
camarones y jajajaja, nanay, nanay; ese muchacho del pueblo nunca había visto
un camarón vivo, en el mercadito del pueblo ni en la cocina de su casa. Creo
que jamás nadie había visto un camarón crudo ni en una revista, pero lo que si
era seguro es que rojos como camarones cocidos íbamos a quedar nosotros, quemados
por el sol que ya estaba resplandeciente. En esa curiosidadera nos enteramos
que cerca de donde estábamos había una casa donde preparaban “manjar blanco”,
dulce de leche o Arequipe como se le conoce comercialmente en Colombia y
Venezuela.
Nos acercamos a la casa del Manjar Blanco,
preguntamos si nos podían vender un poco y nos respondieron que sí, que vendían
por kilos pero que aún no estaba listo, que debíamos esperar a que terminara de
espesar. El olor era sumamente agradable, y ese dulzor en el ambiente nos hacía
salivar y soñar con esa delicia en la boca. La mujer que estaba preparando el
dulce de leche tenía gorro y delantal blanco de Cheff; manipulaba una paleta de
madera que era parecida a una pala (lampa) de albañil o un remo, daba vuelta y
vuelta a la leche y azúcar contenidas en un caldero, grande y reluciente que
estaba colocado sobre un reverbero o quemador.
En efecto, como a las 8:30 apagaron la candela,
sacaron el caldero y lo llevaron a una mesa para que “reposara” y enfriara Cuando esto ocurrió, nos vendieron 1
kilogramo, contenido en una bolsa de plástico que introdujeron en una bolsa de
papel.
Con nuestro tesoro en las manos, o mejor dicho,
en la mochila de Gustavo, iniciamos el retorno. La evidencia de nuestra llegada
al destino era el kilo de manjar blanco y que, como “lo sospechamos desde un
principio” no iba a llegar a nuestras casas, porque entonces hicimos una parada
técnica en la panadería de la calle Chullo, cerquita del mercado de Antiquilla
(a la de Calistro Ruelas no quisimos llegar porque era estar ya en casa),
compramos una bolsa de pan (sabrá Dios cuántos panes metimos en ella) y nos
regresamos para la zona del Estadio Umacollo porque habíamos visualizado un
sitio para “acampar”, Hasta allí llegamos y nos reunimos para ir “al ataque”
del pan con el manjar blanco, a discreción, como la frase célebre “Armas a
discreción, paso de vencedores, adelante” y nos fuimos “a la carga”.
Comimos
SABROOOSO, abrimos las bolsas del manjar Blanco y la de pan. Cada quien agarró
un pan, lo partió y lo “ahogó” en el Manjar Blanco, y de allí directamente a la
boca, donde recibía besos y mordiscos de puuuuuro amor.
Y ………., NO PUDIMOS con el kilo de manjar blanco
y el pan. Creo que allí conocimos lo que es el pecado capital de la gula,
porque comimos tanto, pero tanto que le agarramos repugnancia, la cual en el
caso mío duró años de años y en la actualidad, a pesar de que me encanta
comerlo, inmediatamente me recuerdo de este episodio y me abstengo de excederme
en su consumo.
Pero a todo esto: ¿Por qué se llama PAMPA DE
CAMARONES?
Gracias Arequipa por el Arequipe.

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