10 Por qué mis abuelos no hicieron reales


10  POR QUÉ MIS ABUELOS NO HICIERON REALES
Berthing León Villanueva, en Lechería, Venezuela a los 9 días de Noviembre de 2013
Hace algunos días, una persona que me dijo que estaba terminando de leer el, para ese momento, más reciente de mis cuentos, donde hacía referencia a mi abuelo materno Sebastián Villanueva Llerena y describía cómo era su taller de carpintería, me hizo el siguiente comentario y le acotó una pregunta: Oh, esa carpintería si era grande; ¿y por qué no hizo reales tu abuelo? 
La pregunta me desconcertó al principio, porque cualquier persona, dueña de una carpintería como la que tuvo mi abuelo materno, con el potencial que tenía el taller y con el que tenía Sebas como persona, en la actualidad y bajo la óptica materialista, era lógico que hubiera acumulado más y más capital, pero evidentemente no fue así, tal vez porque no tenía ese propósito y más bien por las circunstancias naturales de mi tierra. Sus hijos y los nietos si bien es cierto que no pasamos grandes necesidades, nos tocó enfrentar dificultades económicas adversas derivadas de fenómenos telúricos y nos obligaron a sacrificarnos para imponernos y salir adelante.
La reacción mía ante la pregunta de esa persona fue de curiosidad, por cuanto jamás a mí se me había pasado por la cabeza preguntarme qué pasó, y dónde fue a parar ese espíritu emprendedor de no solamente mi querido abuelo Sebastián Villanueva Llerena, sino también de mi otro querido abuelo Víctor León Vera. Volví a revisar cómo eran mis abuelos para redefinirlos, describirlos y sobre todo para entenderlos.
Investigando sobre mi abuelo paterno, diré que Víctor León Vera era un constructor connotado y muy apreciado por las obras realizadas y algunas de las cuales aún perduran; entre ellas está el diseño y construcción del Mercado de Antiquilla en 1911. Mi abuelo Víctor León era un señor muy laborioso, tanto que cuando ya no estaba trabajando en la construcción se dedicó a sembrar, para ello tomó en alquiler unas chacras en Pachacutec Viejo; cultivaba también en los terrenos de su propiedad que tenía en Yura, de donde era originario, y además sembraba en Tambo. Cuando estaba en la casa de La Antiquilla donde vivíamos los León-Villanueva, el abuelo se levantaba a las 5 de la mañana, bien sea en verano o en invierno y comenzaba a hachar y azuelear (si la RAE me permite esta licencia lingüística de convertir en verbo lo referente a trabajar con la azuela que es una herramienta para desbastar la madera que consiste en un hacha pequeña con una hoja curvada perpendicular al mango) unos troncos que no sé de donde ni para qué los trajo al patio empedrado. Era hábito suyo acompañar al movimiento de la herramienta con ese sonido que emitimos los hombres cuando descargamos un golpe con fuerza; el aaaaaaáh característico de nuestro abuelo era inconfundible y constantemente los León-Villanueva imitábamos tanto el de mi abuelo Víctor como el también característico eeeeeeeeéh de Sebas.
Comenzaba su faena Víctor León Vera con su trabajo rutinario, su sonido y su arenga en voz alta: Esteeeefa, (llamaba a mi madre) levanta a esos muchachos, que no sean flojos, podrían criarse badulaques. Mi mamá decía entonces: Para qué los voy a levantar si están en vacaciones, y él seguía hablando y hablando hasta que como a las 6:30 entonces dejaba de trabajar para asearse y comenzar a preparar su desayuno con la infaltable zarza de cebollas, pan y café. 
Me contó mi padre que el abuelo Víctor (su papá), días antes de iniciarse unas vacaciones escolares, mandó a traer aproximadamente 4 m3 de piedras medianas de entre 5 y 8 kilogramos, y las mandó a descargar en algún lugar del patio. Cuando ya los muchachos habían “mataperreado” como por una semana en sus vacaciones, entonces los llamó y les dijo: “muchachos, ¿no les parece que las piedras están mal ubicadas?, ¿Por qué no las ubicamos mejor en aquella esquina? bien arrumaditas ocuparían menos espacio y se verían mejor, ¿no les parece?. Pues bien, poco a poco, vamos a trasladarlas para allá y en tres días deberemos haber concluido”.  Así comenzaban entonces a trasladar las piedras, una a una, poco a poco, sin prisa y con pausas, con la supervisión del abuelo al finalizar la tarde, hasta terminar. Entonces el abuelo los felicitaba, y los dejaba tranquilos dos semanas, al cabo de las cuales el abuelo Víctor reunía otra vez a los hijos y les pedía, con el mismo argumento, que trasladaran la piedra para otra esquina; así hasta terminar las vacaciones y entonces al iniciar las clases, el abuelo volvió a contratar el transporte para que se llevara las piedras.
A las chacras (esta palabra no tiene nada que ver con El Yoga) que mi abuelo tenía en propiedad y que sembraba en Yura fue a parar en alguna oportunidad mi primo-hermano mayor Mario León Cruz que según me comentó en el año 2009, dijo que cuando estaba muchacho y en las vacaciones escolares fue con mi abuelo varias veces a esas chacras.
Lo que nadie tuvo que contarme porque fui yo quien lo viví, es que en unas vacaciones le pedimos al abuelo (no recuerdo si con mi hermanito Duber o con mi primo Fico)  que nos dejara ir a las chacras de Yura y cuando por fin accedió, fuimos en esa aventura hasta la Estación de Yura, lugar donde se detenía “el Tren de la Sierra” con destino a Juliaca y Puno y nos alojamos en una casa del abuelo; al lado de donde vivía mi tía-abuela Victoria (su hermana), madre de mis tíos los gatos Barbachán León (me dijo mi tío Alberto Barbachán en el 2012, que su familia aún tenía esa propiedad).
Al día siguiente, el abuelo Víctor nos levantó muy tempranito, como a las 3 de la mañana, hacía un friecito “sabrooooooooso”, ensillamos unos caballos y con el abuelo nos fuimos por unos senderos que apenas “adivinabamos” porque la oscuridad era propia de la media noche.
Para los que no han vivido o tenido la experiencia de los agricultores arequipeños les comentaré que cuando la Junta Administradora de Agua, conformada por los comuneros, se distribuyen el agua, lo hacen para cubrir las necesidades exactas del área sembrada y en algunas oportunidades (como esta) les correspondía el agua a esas chacras del abuelo Víctor de 4 a 7 de la mañana. Si por cualquier motivo no hubiéramos estado presentes para desviar el agua y administrarla por y para cada uno de los surcos, pues sencillamente hubiéramos perdido el turno y las hortalizas que el abuelo Víctor había sembrado no hubieran recibido el líquido elemento.
Ese “acompañamiento” al abuelo no era juego, todo era seriedad y trabajo, pero la experiencia lo merecía y doy gracias a Dios por haberme permitido compartir este momento y otros con mi abuelo paterno, bien sea en los sembradíos o en la Hera donde se trillaba el trigo cosechado.
Que por qué no hizo reales el abuelo Víctor, Ya les voy a contar, pero más adelante.
Mi abuelo materno, Sebastián Villanueva era un señor tan, pero tan sorprendente que por ejemplo, tenía varias guitarras y no sabía tocarlas. Pero si cantaba bastante mientras trabajaba; algunas melodías chuquibambinas como esa de “una palomita cautiva ……..) o alguna otra que le cantaba a la  “cuculí” o canciones típicas referentes al amor hacia la madre, la mujer, su terruño, sus animales, sus vivencias. 

El taller de mi abue Sebas tenía cuatro bancos o estaciones de trabajo, cada uno de ellos dotado completamente de todas las herramientas que pudiera necesitar un ebanista carpintero para fabricar cualquier mueble de madera, esto incluía herramientas como garlopas, cepillos rectos, cepillos curvos, talabro o berbiquí, escofinas, formones, prensas, sargentos, martillos, mazos, etc. absolutamente todas las herramientas para cada operario. Ahhhhh, pero lo más relevante es que ante la ausencia del servicio eléctrico industrial trifásico que pudiera accionar las máquinas herramientas, el taller de Sebas estaba dotado de un Motor a explosión de 1 cilindro que mediante un sistema de poleas y correas accionaba la cierra circular, la cierra cinta, taladros, lijadora, cepilladora, fresadora, torno, etc. El mecánico de este motor a gasolina era un alemán que periódicamente hacía las inspecciones y mantenimiento al motor y a los ejes y poleas.
Algo que siempre me mantuvo desconcertado era que en una mezzanina del taller tenía correctamente apilados y protegidos tres ataúdes de madera, que no tenían pintura, charol ni barniz, estaban en madera cruda pero ya lijada. Pregunté algunas veces a mis tíos para qué o por qué hizo tres ataúdes el abuelo y nadie supo responderme. Ahora bien, la lógica nos indicaría que en uno de ellos enterraron a mi abuela Angelita y en el otro a él; no sé qué hicieron con el tercero.
Mi abuelo Sebastián, con sus hijos (mis tíos) los Villanueva Hidalgo y con los Cáceres Muñoz, adquirieron unos terrenos baldíos que se lotizaron en Pachacutec.  Para allí íbamos mis tíos y algunos de mis hermanos, religiosamente como a Misa, todos los domingos en la mañana, a regar unas matas de ciprés y de eucalipto que habíamos sembrado y que teníamos que “apagárles” la sed por lo menos con media lata de agua (9 litros) para cada uno, agua que sacábamos de un pozo de aproximadamente 8 metros de profundidad que en uno de los lotes familiares habían perforado. Había que darse maña para llenar el balde, para sacar el agua con una cabuya e ir llenando la “lata” para acarrearla hasta los arbolitos que esperábamos que crecieran y nos dieran sombra dentro de los próximos 15 años.
Agarrábamos camino a más tardar a las 8 de la mañana; el primer kilómetro lo hacíamos por las calles del Señor De La Caña (No tiene que ver con el ron de la caña de azúcar como le llaman en Centroamérica), después de dejar atrás este pueblecito, íbamos caminando por sobre los bordos de las acequias, brincando entre piedras, tocjras (terrones), chambas y surcos; haciendo equilibrio para no caer, cruzábamos la lloclla (torrentera) entrábamos otra vez a caminar por el borde de las chacras para después, cuando se terminaba los sembradíos comenzar a caminar sobre la aridez del desierto que era Pachacutec.  Cerros y más cerros “pelaos”, solamente crecían algunas “ccorotillas” que son unos cactus pequeños pero muy espinosos y que no respetaban cuero para penetrarlo y atravesarlo conjuntamente con lo que supuestamente protegían, llámese talón, planta, dedo, canilla, etc.  Los únicos animalitos que uno podía ver en estos cerros arenosos, si es que tenía suerte, eran lagartijas y alguno que otro lagarto pequeñito.
Mi abuelo Sebastián trabajaba la madera como cualquiera de sus trabajadores; no se limitaba a la parte administrativa ni de supervisión, elaboraba algunos muebles en su totalidad. Algunas veces lo vi tallar partes de muebles. En esas faenas escuché por primera vez el nombre de “gubia”, en boca de mi abuelo Sebas para referirse a esa especie de formón curvo; también escuché palabras como escople y escopladura, tarugo, charol, colapez, y otros, propios de los talleres de carpintería.
La parte posterior del taller de carpintería, colindaba con unas chacras, pero entre la carpintería y esas chacras mi abuelo tenía un enorme huerto de frutales, impresionante por la diversidad de frutos. Sebas “tenía buena mano” para sembrar. Cualquier mata que sembrara “pegaba” y prosperaba. Así, al entrar a la huerta había sembrado lo que paso a nombrar, comenzando el recorrido por el lado derecho: membrillo, lucma, ciruela roja, mora, ciruela blanca, ciruela amarilla, capulí (ahora lo llaman aguaimanto), tumbo, chiirimoya, papaya arequipeña, pera de a libra, pera pequeña para timpusca, manzana, durazno, aurimelo, limón, palta (nunca vi cosechar porque me dijeron que “daba” a los 25 años), ciruela negra, higo negro, higo blanco, manzana, y otros que no recuerdo. Para algunos domingos se planificaba recoger la fruta con toda la familia. Ese día se tendía sábanas en el piso, rodeando al árbol y se le remecía para que  cayeran las frutas y facilitar la recogida; toooooooodos los Villanueva Hidalgo y los León Villanueva estaban presentes para disfrutar de esta deliciosa faena y posteriormente comer el “tallarín de pichones” que preparaba mi abuela Angelita y mi abuelo Sebastián con las palomas que criaba sueltas y las que tenía encerradas en los palomares que conjuntamente con algunos gallineros estaban ubicados entre el taller de carpintería y la huerta.
Peeeeeeeeeeeero, ocurrió que en enero de 1958 un terremoto destruyó el departamento de Arequipa ocasionando cientos de muertos tanto en la capital departamental como en otras ciudades como Camaná, Tambo, Vitor, Yura, Chuquibamba. En la ciudad de Arequipa los daños fueron considerables, afectó a todos los distritos y lógicamente causó más daño en los lugares con mayor concentración de personas, que a su vez también reunían la mayor concentración de viviendas, comercios, fábricas, oficinas públicas, templos, etc.
Allí no terminó el drama de los arequipeños porque dos años más tarde, en enero de 1960 tuvo lugar otro terremoto de grandes proporciones que ocasionó que aquellas construcciones que no se habían caído en el primer terremoto, se terminaran de caer con este segundo terremoto.
Los terremotos afectaron no solamente a los León-Villanueva, afectaron también a nuestros familiares, amigos, vecinos y a todos los paisanos en general.  El terremoto de 1958 nos destrozó y arrebató la vivienda que originalmente ocupábamos en la casa de mis abuelos paternos en la calle Chapota (Actualmente Francisco Mostajo) que es una callecita transversal que une a la calle Pampita de Zevallos con la Avenida Ejército.
Nuestra vivienda quedó tan agrietada que no era posible seguirla habitando y hubo necesidad de abandonarla y trasladarnos a otra habitación que estaba construida de sillar con mezcla de arena con cal.  Tenía un techo abovedado de sillar y una puerta que permitía apreciar el grosor de las paredes que podría ser de 60 u 80 cm.
El segundo terremoto, el de 1960 nos arrebató también la segunda vivienda. Ese día, a eso de las 10 de la mañana se nos ocurrió, a mis hermanos (Duber, Wincho, Julio) y a mí, ir a la piscina de Zemanáth (en Yanahuara) a disfrutar de una mañana soleada y de vacaciones ya que era el mes de enero.  Mi mamá había salido a casa de mi abuela Angelita que queda doblando la esquina y hacia allí fuimos mi hermanito Duber y yo a pedir permiso a nuestra madre. Cuando recién estábamos iniciando nuestra petición de permiso, comenzó un remezón que al comienzo no nos intimidó mucho, pero transcurridos 5 segundos, nos hizo recordar al terremoto de dos años antes y entonces mi madre nos agarró, uno en cada mano y salimos a toda carrera a la calle Pampita de Zeballos y corrimos hacia la esquina de la tienda de Mansilla (esquina con la calle Chapota) para regresar a nuestra casa. Nos costó mucho trabajo porque el piso estaba ondulándose y tan pronto pisábamos o queríamos pisar para dar un paso, esa parte del piso o se levantaba o se hundía y entonces nos íbamos hacia un lado de la calle y al otro momento hacia la otra acera, era muy difícil avanzar. Las paredes de las casas de ambos lados comenzaron a caer, y el movimiento telúrico que además de ondulante era mecedor, nos llevaba de un lado al otro de la calle, pero mi madre no desmayó y con nosotros en cada mano siguió corriendo y halándonos para avanzar y llegar a la casa para ver a los hijos más pequeños.
En nuestra carrera por la calle pudimos llegar a la esquina de Mansilla y estaban cayendo los sillares del segundo piso, también se estaba cayendo la casa de la acera del frente (de los Martínez); doblamos la esquina y corríamos por la calle Chapota, angosta como es ella, esquivando las paredes que se caían de la casa de los Bernal, la de los León Pizarro, la de los López (Ponciano), de la picantería El Yaraví, hasta llegar a la entrada de la casa de mis abuelos paternos donde vivíamos, entramos como pudimos; mamá estaba desesperada por cuanto había dejado a nuestro hermano más chiquito (Kike) en una cuna.
Al entrar a la casa vi a mis hermanitos Wincho, Julio y Vicky que estaban en el centro del patio aterrados y llorando. Wincho tenían a nuestro hermanito Kike en brazos.  El tercero de los hijos de la Estefa, Wincho había podido sacarlo de la cuna antes que le cayera la pared encima.  En casa solíamos tener agua en unas bateas o tinas para que se calentaran con el sol y utilizarla bien sea para lavar o para bañarnos; pues bien, el terremoto fue tan duro que el agua se había salido de las tinas como resultado de los sacudones.
Cuando vino la calma (pero los temblores continuaron por varios días) y pudimos observar nuestra vivienda, vi que no tenía el techó abovedado y las paredes estaban tan agrietadas que lo mejor era tumbarlas, las otras habitaciones del caserón estaban también destrozadas. Se salvaron de caer la vivienda de los Pacheco-León y la de mi abuela (que vivía con mis tías Bertha y Olga).
Todas las casas, subiendo desde nuestra casa hacia la avenida ejército estaban destrozadas y quedaron inhabitables, excepto la de los Salinas y de los Paredes.
Todas las viviendas que, bajando la calle desde nuestra casa hacia la esquina de Pampita de Zeballos–Antiquilla estaban tan afectadas que terminaron desocupadas desde entonces y por décadas.
Caminando por la calle Pampita de Zeballos observo destrozadas la casa de los Benavent que está frente de la esquina de los Bimbutes o Kimbos, la casa de los Guardia Guardia, la casa donde vivía La mamá Custodia y su familia Núñez-Hidalgo está muy agrietada, a tal extremo que el segundo piso donde vivía El Pita-Pita Sotomayor quedó inservible, tanto que desde la calle se podía ver el cielo a través de la grieta en la pared y el techo, la casa de La Chuña (la mamá de mi amigo Gustavo Araujo) quedó muy afectada pero se podía vivir en ella, en iguales condiciones quedó la zapatería del “fiero zorrilla” y la tienda de mi abuela Angelita.
La casa de Las Bolivianas quedó inhabitable, la de los Rubina quedó inhabitable, La Picantería de la Josefa Cano quedó inhabitable, la Casa Rosada quedó inhabitable y hubo que desalojar a las decenas de personas que vivían en esta vecindad; la casa de los Pichi Vásquez quedó muy dañada, la Quinta de Huaco (en la esquina con calle Arces) quedó inhabitable en sus dos plantas; las siguientes calles, cuadras y manzanas quedaron igualmente destrozadas
A 300 metros de la tienda de mi abuela Angelita, cruce con la calle Arenales (que después se llamó calle Zamácola) estaba la casa de mis tíoabuelos, Emilio Cáceres y Mercedes Muñóz (con mis tías “las muñecas” Dina, Gina e Hilda Cáceres Muñoz) pero no recuerdo qué destrozos le causaron los terremotos. En esa misma calle, bajando 60 mts. estaba ubicado el taller de carpintería de mi abuelo Sebastián. Si bien es cierto que la pared de la fachada quedó en pie, las otras paredes, el techo y la mezanina (entretecho) quedaron muy dañados; sin embargo, allí pudo habilitar el abuelo un refugio nocturno para protegernos a quienes perdimos la vivienda y no teníamos donde dormir.
La primera vez que volví a entrar al taller después del segundo terremoto observé el entretecho y vi que las maderas, muebles en proceso, muebles acabados y los tres ataúdes que antes habían estado almacenados ordenadamente habían caído hasta el piso de la planta baja.  El motor a explosión de un solo cilindro y las herramientas se tuvieron que cambiar de su ubicación original hacia una nueva ubicación improvisada en el patio de la casa.
A partir de esa primera noche del terremoto de 1960 y hasta no sé cuándo, todas las noches a las 7:30 mi familia tenía que hacer un peregrinaje desde la casa de mis abuelos paternos hasta “la carpintería” como llamábamos a la casa de mis abuelos maternos. Íbamos bien abrigaditos, 5 criaturas caminando y una en brazos, el que iba en brazos era “el mamón” Kike a quien teníamos que llevarle una botella bien abrigadita que contenía su té, cocinado en nuestra casa de la Chapota, para que tomara en la noche. Kikito tenía un ponchito de colores muy vivos y un chullito también muy bonito. En suma, era el propio “serruchito”, “ccapichado” y en brazos de mamá.
Al lado derecho de la casa de Sebas vivían los Mora Corrales, de mis tíoabuelos, Manuel Mora y Elena Corrales (de los Corrales de Beaterio que tenían un taller de hojalatería), su casa resultó muy dañada y de la cual se salvó una sola habitación. La familia del Chato Mora (el menor de los Mora-Corrales) que tenía como 10 hijos, el Comité de Reconstrucción de Arequipa les facilitó un cuarto de cartón prensado y techo de láminas de zinc (calamina) de 3m. x 3m.
Mi familia (los León-Villanueva) no recibimos ninguna ayuda del gobierno. Mis padres no la solicitaron y por tanto no se la concedieron. A Sebas (mi abuelo materno) ni a ninguno de mis tíos tampoco les dieron ninguna ayuda. Tal vez los funcionarios consideraron que había otras familias y grupos humanos que estaban en situaciones más precarias y que si la necesitaban. A los damnificados que no tenían ni tan siquiera unos familiares que los alojaran (como en el caso de nosotros) los ubicaron en unos terrenos baldíos que llamaron Ciudad Satélite y 15 de Enero, por el cementerio de La Pampilla.
Y ahora, después de haber leído mi narración, no creo que exista una persona que necesite preguntarse ni preguntarme:  “y por qué no hizo reales?”, porque las razones son obvias. Para ese tiempo era difícil conseguir financiamiento bancario y tal vez, mi abuelo no pudo o no quiso solicitarlo. Lo importante fue SOBREVIVIR ante esos tormentosos azotes telúricos. Pudiera ser también que por cuestiones de edad las entidades bancarias no les hubiesen permitido ni siquiera la posibilidad de solicitar un financiamiento; y también por ese mismo motivo, las personas ya no tienen ni el ímpetu para comenzar de nuevo o tienen temores y otras limitaciones.
Y nosotros, los León Villanueva ¿cómo la pasamos después de esos dos terremotos?; NO NOS DOBLEGAMOS, Imagínense por un instante, cuántas dificultades, incomodidades, carencias, necesidades y molestias tuvimos que sortear para salir adelante. No fue fácil, pero el ser humano a Dios gracias, a veces para no traumatizarse, olvida a medias o soslaya los malos momentos; pero es bueno recordar como lo hago ahora para el conocimiento de nuestros familiares y que tomen conciencia de que a veces no apreciamos los logros obtenidos y pudiera creerse que todo lo bueno “nos cayó del cielo”.
Pero “los reales” no siempre significan fortuna, sin embargo debo decir que lo que a continuación escribo es la fortuna que a mi entender lograron mis abuelos en la rama de los León-Villanueva. Algunos de los 8 hermanos, como es normal, hemos tenido una vida más suave que las de otros, la mía creo que ha sido muy placentera, pero a mis hermanitos menores les correspondió lo suyo para conseguir sus objetivos. Total, yo me fui a una escuela militar donde se me proporcionaba desde la crema dental hasta los libros y también otros recursos económicos para todas las necesidades, sin embargo, a todos mis hermanos les tengo un sentimiento de reconocimiento y admiración: a Duber por estudiar dos carreras universitarias simultáneamente, a mi hermana Vicky por los trabajos que tuvo que ejecutar para graduarse en la universidad, igual aprecio mío tiene “el chinito tremendo” Wincho, otro tanto para “el General” Kike que entró al ejército para pagar el Servicio Militar Obligatorio y estando en el cuartel estudió en la universidad para graduarse como Geólogo, Julito también tuvo que bregar lo suyo para lograrse un lugar reconocido en su trabajo; Lula tuvo más holgura en su etapa de estudiante y Fredy, ni se diga.

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